El término “austeridad” –tramposo y equívoco como pocos–, aplicado a los salarios, hace referencia a las políticas destinadas a moderar o reducir las retribuciones de los trabajadores con el objetivo de activar la inversión, mejorando los márgenes de beneficio de las empresas, y promover la competitividad, ajustando los precios de los bienes y servicios colocados en los mercados doméstico, europeo y global.
Para la economía crítica es evidente que presionar a la baja los salarios no crea puestos de trabajo (este ha sido uno de los argumentos estrella de las denominadas políticas de austeridad). Resulta igualmente claro que disponer de un puesto de trabajo y la reducción de la tasa de desempleo oficial no implica un aumento de las retribuciones de los trabajadores ni la mejora de sus condiciones de vida. En el escenario que emerge de la crisis, la sobreexplotación de la fuerza de trabajo –a través de la represión salarial y de la aceleración de los ritmos laborales– se ha convertido en una pieza clave de la Europa realmente existente, del proceso de acumulación capitalista y de la propia supervivencia del sistema.

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