A un año de las próximas elecciones nacionales en Uruguay se hacen fuertes algunas hipótesis que el conjunto de los partidos van aceptando casi como una verdad: (a) nadie ganará en primera vuelta y (b) ningún partido tendrá mayorías parlamentarias. Esta valoración, además del típico ‘olfato’ político de los dirigentes, se sustenta en la información que arrojan las diferentes encuestas de intención de voto. De lo anterior se derivan diferentes escenarios que los partidos tienen que evaluar, pero uno muy importante -a la luz de la experiencia de los últimos tres gobiernos de izquierda- es que quien gobierne lo tendrá que hacer en acuerdo con otros partidos. Esto es una novedad para el Frente Amplio (FA) ya que, hasta ahora, ha tenido mayorías parlamentarias y por ello será un desafío importante asumirlo y, luego, gobernar. Todo esto en un momento de creciente antipatía, malestar democrático de la gente y, también, odio democrático de ciertas élites.
Las empresas encuestadoras comienzan una zafra en la que logran incidir más fuertemente en la dinámica política, a pesar de que también están pasando por un período de pérdida de credibilidad y no están logrando, desde hace tiempo, acertar en sus pronósticos (y tampoco logran explicar sus fallos). Aún así, son una herramienta ineludible para el análisis.

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