2018 fue un año de gobiernos sombríos y poco espectaculares. Varios estuvieron atravesados por la crisis económica y el malestar de las vidas cotidianas. La capacidad erosiva de la crisis internacional desatada en 2008, la globalización y la posmodernidad fueron redefiniendo novedades y nuevos procesos culturales. En algunos casos éstos se desarrollaron al costado del orbe progresista y, en otros, al interior de gobiernos conservadores que lograron con cierta astucia –salvo en el caso mexicano- mantenerse en el poder.
Tanto las novedades de la región, como Mauricio Macri (Argentina), Mario Abdo (Paraguay) e Iván Duque (Colombia), que venían expresar renovaciones y representaciones de nuevas demandas y deseos, tienen magros y en algunos casos malos resultados económicos. Pero todavía conservan a su favor un apoyo de los beneficios y sensibilidades culturales de un conservadurismo que ha logrado adhesión en el elogio de las desigualdades y las diferencias, en la impugnación de lo colectivo o público y en suscitar ese pasaje inmediato de los deseos privados al espacio público sin mediaciones. Ello lleva, en muchos casos, a la reivindicación de la violencia, la homofobia, la discriminación y la violencia de género

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