Han pasado 38 años desde aquella terrible tarde del 23 de febrero de 1981 en que entrara en el Congreso de los Diputados, pistola en mano y seguido de doscientos guardias civiles, el teniente coronel Antonio Tejero.
Tantos años sitúa el acontecimiento muy lejos ya de la memoria colectiva. Ni siquiera tres de mis seis hijos, que ya habían nacido, pueden recordar nada porque eran muy pequeños.
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| Fotografía oficial del Diputado Ramírez-Heredia tal como aparece en el Vademecum oficial del Congreso de los Diputados en 1977 |
Solamente la gente que hoy cuenta con más de 50 años puede tener la capacidad personal necesaria para opinar con conocimiento de lo que ocurrió aquella lúgubre tarde en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Pero yo, que sí estaba allí, puedo revivir en mis recuerdos, como transcurrieron las dieciocho horas que estuvimos secuestrados, pegados a los incomodos y duros escaños de entonces, hasta que, por fin, pudimos abandonar el Congreso.
La mayor parte de los ciudadanos de hoy en día tienen un conocimiento, hasta cierto punto novelado, de lo que pasó entonces. Por eso, cuando sale la conversación me suelen preguntar con cierto estupor.
Pero ¿usted estaba allí dentro?

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