dimarts, 12 de març del 2019

Carta a mis amistades no independentistas


Quienes escribimos nos equivocamos mucho y no me refiero a la ortografía o la gramática, que también. Yo, por ejemplo, poco a poco he ido aprendiendo de los movimientos feministas a desobedecer el uso del lenguaje oficial que invisibiliza —pareciera que intencionadamente— al género femenino y por extensión a la presencia de mujeres en la sociedad, a sus pensamientos, a sus posiciones. Quizás por esta importancia que doy al lenguaje, presto (demasiada) atención a algunos modismos que parece que van cuajando en nuestras expresiones. Me refiero cuando compañeras y compañeros no catalanes iniciáis un texto con la premisa “no soy independentista, pero...”. 




Después de ese pero llegan posicionamientos muy valiosos y muy valientes. Cuando la corriente mayoritaria fuera de Catalunya es cargar contra el proceso que aquí se está viviendo, lo que hay después de ese pero, por ejemplo, en favor de la desobediencia en el proceso judicial, sobre la injusticia de la prisión para las políticas y políticos o el rechazo de la violencia utilizada por las fuerzas del estado durante el referéndum, insisto, son magnificas oleadas de buena energía. 

Lo que cuestiono es el “no soy independentista”. ¿Por qué os parece tan importante hacer esa aclaración? Claro que no lo eres, no puedes serlo, pero tampoco no serlo. Igual que tampoco yo puedo ser o no ser independentista gallego, castellano o andaluz. Igual que yo no me puedo poner en la piel de la población de Escocia o del Quebec. Y no es una queja caprichosa, igual que detrás de un picor se puede esconder una pulga, creo que detrás de esta expresión hay que revisar no se esconda un sentimiento a trabajar. Un sentimiento de propiedad que, como el machismo o el antropocentrismo, casi casi parece que nacemos con ellos, o en cualquier caso es muy predominante. 

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