El odio y la rabia están diseminados en la sociedad brasileña, toda ella desgarrada. Quien nos gobierna no es un presidente sino una familia, cuya característica principal al utilizar las redes sociales es el lenguaje chulesco, los comportamientos groseros, la difamación, la voluntad de destruir biografías, la distorsión consciente de la realidad y la ironía, y la satisfacción sobre la desgracia del otro, como en el caso de la muerte del pequeño Arthur, de siete años, nieto del expresidente Lula. Después del carnaval, el presidente mismo publicó en su twitter material pornográfico escandalizante.
Los sentimientos más perversos que anidan en el alma de los seguidores del actual presidente y de su familia han salido a la superficie. Los críticos no son vistos como adversarios sino como enemigos a quienes hay que combatir.
Los Bolsonaro violan la ley áurea, presente en todas las culturas y religiones: «no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti». Como vivimos, según el eminente jurista Rubens Casara, en un Estado posdemocrático –peor aún, en un Estado sin ley– podemos entender el hecho de atropellar la Constitución, pasar por encima de las leyes e incluso, anular una ética mínima que da cohesión a cualquier sociedad. Estamos a un paso de un estado de terror.

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