diumenge, 3 de març del 2019

Rohingya: heridas de un genocidio silenciado


Después de un año y medio de huir de una limpieza étnica a manos del ejército birmano, esta comunidad musulmana sigue malviviendo en los campos de refugiados de Bangladesh. La tasa de natalidad está por las nubes y la situación de los niños preocupa. 

“Mire, señor... mire, señor”. A Hossain se le acumulan las palabras mientras señala con el dedo a un niño de ojos negros y tristes. La criatura, que dice tener seis años y llamarse Mohamed, está medio tumbada en un callejón de uno de los campos de refugiados rohingya de Bangladesh, donde casi un millón de rohingyas malviven después de haber escapado de la brutal limpieza étnica a manos del ejército de Birmania. “Él seguro que también ha visto muchas cosas. Seguro que sí, seguro…”, repite Hossain, un joven rohingya que hoy nos ayuda con la traducción. Ese “muchas cosas” es el horror de todo un pueblo.


Una niña rohingya recoge calabacines en el tejado de su casa en el campo de refugiados de Balukhali


 ¿Qué has visto, Mohamed?
El niño reacciona rápido a la pregunta de este periodista. De pronto empieza a hablar. Sin parar, como si lo tuviera estudiado.
– Los soldados [birmanos] cogieron a un amigo mío. Le bajaron los pantalones y le cortaron el pene con una espada. A otros niños les ataron las manos por la espalda y los lanzaron al río para que se ahogasen. Y a otros los lanzaron vivos al fuego (...) los quemaron vivos.
La lista de atrocidades que Mohamed explica ante la atenta mirada de su madre y de un grupo de vecinos del campamento es diversa y dolorosa. Él lo cuenta con cierta naturalidad, como si el hecho de haber presenciado cómo decapitaban a parte de su aldea fuera una cosa normal. Como si haber visto con sus propios ojos cómo los soldados birmanos amontonaban y quemaban los cadáveres de sus vecinos, también el de su padre y los de sus abuelos, fuera una condena que tenía que vivir.

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