Todo esto viene a cuento de mi visión de la civilización occidental como una civilización mucho más necia de lo que se cree, pues es caótica y carece de atisbos de sabiduría. Cuando desaparezca -y desaparecerá como otras anteriores- no dejará vestigio ni testimonio alguno de su existencia. Entre otras razones porque, que sepamos, no habrá dejado nada escrito ni en la piedra ni en los metales. Y si se le ha ocurrido hacerlo en los metales estos son volátiles, y si son aleaciones no son duraderas. El modo de tratar la biosfera ese ejército de idiotas compuesto de políticos, financieros y científicos está reñido con la prudencia y la sabiduría. Científicos a los que, una de dos, o no se les hace caso por su parecer sombrío, o son “ ortodoxos ” de la ortodoxia que conviene a financieros y políticos. Razón por la cual, si hay científicos a los que los políticos hayan consultado para ciertas iniciativas pero han puesto serios reparos o alertado frente a ciertas decisiones suyas, lo que prevalecerá cuando esta civilización se extinga no será la prudencia de los consultados, sino la idiocia de quienes decidieron aniquilar a la humanidad de esta era. Es decir, los tiempos posteriores a esta civilización la juzgarían por lo que hicieron o no hicieron los dirigentes, no por lo dijeron sus científicos. Eso, ya lo digo antes, si los científicos “ortodoxos” no se han plegado a los intereses materiales, políticos y religiosos de los mandatarios y los dueños del planeta. Luego se verá por qué digo esto.
Y es por eso que digo que la sociedad occidental es bíblicamente necia. Porque el sentido más elemental, habida cuenta la celeridad con que se está produciendo el calentamiento global con la secuela de la ruina del agua potable dicta que, sin renunciar al “progreso”, la bestia negra está en el uso individual del coche aun habiendo otros factores catastróficos, como la deforestación masiva. Y no sólo por la consideración humanística y ética de que la opulencia individual (y el coche forma parte de ella respecto a grandes porciones de la sociedad mundial) se logra a costa de la miseria colectiva, sino porque lo racional, lo prudente y lo sabio está en potenciar, vertiginosamente además, el transporte público con las nuevas tecnologías motrices; debiendo cesar casi súbitamente la producción del coche para uso individual. No comprenderlo así, no hacerlo así porque los intereses de grupos y colectivos humanos lo impiden, nos conduce a la dramática estampa de la idiocia superlativa de quien al atravesar una ciénaga cargado de lingotes de oro prefiere hundirse en el fango antes que desprenderse de él y nadar. Pues bien, ojalá me equivoque, pero el coche individual lleva camino de ser el "oro" que habrá de enterrar a esta civilización en el pantano de nuestra propia Tierra...

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