dissabte, 27 d’abril del 2019

El coche como condicionante de nuestro destino


Todo esto viene a cuento de mi visión de la civilización occi­den­tal como una civilización mucho más necia de lo que se cree, pues es caótica y carece de atisbos de sabiduría. Cuando desapa­rezca -y desaparecerá como otras anteriores- no dejará vestigio ni testimonio alguno de su existencia. Entre otras razones por­que, que sepamos, no habrá dejado nada escrito ni en la piedra ni en los metales. Y si se le ha ocurrido hacerlo en los metales estos son volátiles, y si son aleaciones no son duraderas. El modo de tratar la biosfera ese ejército de idiotas compuesto de políticos, fi­nancieros y científicos está reñido con la prudencia y la sabiduría. Científicos a los que, una de dos, o no se les hace caso por su pare­cer sombrío, o son “ ortodoxos ” de la ortodoxia que conviene a financieros y políticos. Razón por la cual, si hay científicos a los que los políticos hayan consultado para ciertas iniciativas pero han puesto serios reparos o alertado frente a cier­tas decisiones su­yas, lo que prevalecerá cuando esta civiliza­ción se extinga no será la prudencia de los consultados, sino la idiocia de quienes decidie­ron aniquilar a la humanidad de esta era. Es decir, los tiem­pos posteriores a esta civilización la juzgar­ían por lo que hicieron o no hicieron los dirigentes, no por lo dijeron sus científi­cos. Eso, ya lo digo antes, si los científicos “ortodoxos” no se han plegado a los intereses materia­les, políticos y religiosos de los man­datarios y los dueños del planeta. Luego se verá por qué digo esto.  




Y es por eso que digo que la sociedad occidental es bíblica­mente necia. Porque el sentido más elemental, habida cuenta la ce­leridad con que se está produciendo el calentamiento global con la secuela de la ruina del agua potable dicta que, sin renun­ciar al “progreso”, la bestia negra está en el uso individual del coche aun habiendo otros factores catastróficos, como la defores­tación ma­siva. Y no sólo por la consideración humanís­tica y ética de que la opulencia individual (y el coche forma parte de ella respecto a grandes porciones de la sociedad mundial) se logra a costa de la miseria colectiva, sino porque lo racional, lo prudente y lo sabio está en potenciar, vertigino­sa­mente además, el transporte público con las nuevas tec­nologías motrices; debiendo cesar casi súbita­mente la producción del coche para uso individual. No compren­derlo así, no hacerlo así porque los intereses de gru­pos y colectivos huma­nos lo impiden, nos conduce a la dramá­tica estampa de la idiocia superlativa de quien al atravesar una ciénaga cargado de lingotes de oro pre­fiere hundirse en el fango antes que despren­derse de él y nadar. Pues bien, ojalá me equivoque, pero el coche individual lleva ca­mino de ser el "oro" que habrá de ente­rrar a esta civilización en el pantano de nuestra propia Tierra...

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