Como nación independiente ahora, México cuenta entre los más grandes agravios cometidos en su contra, cuando menos con dos grandes heridas que no cierran: la conquista española que se extendió por ¡tres largos siglos!, y la invasión de su territorio por parte de los Estados Unidos de América que le fincó nuevas fronteras.
Ambas acciones, bien planeadas y desarrolladas por sendos imperios: el primero, español que recién estrenaba su aventurerismo por los mares, a finales del siglo XV; el segundo, norteamericano que se apresuró a consolidar desde mediados del siglo XIX, primero territorialmente sobre suelo mexicano y luego lanzarse al control del continente tras la confronta con la España trasatlántica y los procesos independentistas.
Ambos acontecimientos que ocurrieron a lo largo de los siglos, subsisten en la conciencia de los mexicanos, el primero como choque entre dos culturas —jamás “encuentro” porque nunca fue pacífico, siempre violento—; el segundo, cual robo que cercenó al país más de la mitad de su antigua extensión territorial.
De ambos temas se habla poco o nada, tanto en México como España y EUA. En México por el servilismo, el sometimiento o la subordinación de las elites liberales y conservadores a lo largo de la historia. En los otros dos países, España y EUA, por pura conveniencia. Al contrario, en la práctica no se alejan nunca.
Siquiera el calendario donde el tratamiento es vergonzante. Las efemérides —la versión siempre oficial— del 2 de febrero de 1848 cuando México pierde “más de la mitad de su territorio”, se aclara que fue en cumplimiento de la “doctrina del destino manifiesto”, que EUA gana la guerra y México la pierde. Antes, sobre el 13 de agosto cuando “Hernán Cortés conquista Tenochtitlan y hace prisionero a Cuauhtémoc…”, como por asares del destino, por la cruz y las espadas, el catolicismo español.

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