Mucho ha cambiado desde que llegué a Uganda en 2009. En ese momento, las movilizaciones masivas con objetivos políticos era algo mucho más fuera de la normalidad en este país.
Para aquellos de nosotros que estamos en la lucha contra el autoritarismo, es lógico obsesionarnos con la larga distancia que todavía debemos recorrer hasta la victoria. Vemos el objetivo todavía por delante de la destitución de un dictador o una guerra que debe terminar—, pero raramente miramos hacia atrás para celebrar lo lejos que hemos llegado.
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| Protestas en Bordj Bou Arréridj, en Argelia, el 22 de marzo de 2019. |
Hace solo dos años, habría dudado en afirmar que los ugandeses han comenzado a unir sus fuerzas. Era el mismo puñado de activistas y partidos opositores desorganizados y sin estrategia que hacían ruido en conferencias de prensa. En octubre de 2017, sin embargo, todo explotó cuando el dictador Yoweri Museveni orquestó una enmienda a la Constitución, prolongando su reinado de tres décadas. Los procesos parlamentarios parecían más un especial de lucha libre, ya que los legisladores se peleaban con sillas y personal militar se infiltraba en sus debates, además de en las sedes de organizaciones progresistas de todo el país.

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