El arcaico Portugal de hace cuatro décadas estaba casi totalmente aislado del mundo. Sus relaciones “normales” se limitaban a algunos países occidentales, dictaduras latinoamericanas y al “país hermano” Brasil. Estados Unidos y los países miembros de la OTAN fingían que el régimen corporativista lusitano era una suerte de dictadura bondadosa.
Portugal, miembro fundador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en cuyo territorio se halla el estratégico Archipiélago de Azores, era crucial en el diseño de la alianza para detener al comunismo en el mundo.
La Revolución está en la calle
Todo comenzó a cambiar radicalmente a primeras horas de la madrugada del 25 de abril de 1974, cuando el joven capitán Fernando José Salgueiro Maia (1944-1992) destituyó a sus superiores del Regimiento de Caballería Mecanizada de la ciudad de Santarém y encabezando una larga columna de carros de combate, recorrió los 110 kilómetros que le separan de Lisboa.
Cuando los blindados de Salgueiro Maia ocuparon la plaza Terreiro do Paço, símbolo del poder ejercido con mano de hierro durante medio siglo en Portugal, comenzaba el golpe de Estado más singular de la historia: militares levantados en armas para imponer la democracia por la fuerza.


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