Llevo meses dándole vueltas a la posibilidad de escribir sobre teología política, un tema que considero “espinoso” para una parte de la izquierda antisistémica occidental. Desde la Asamblea de Solidaridad con México de Valencia, espacio al que pertenezco, realizamos talleres formativos para quienes desean participar en las Brigadas de Observación de Derechos Humanos, organizadas por el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas de Chiapas (Frayba) en México. Desde allí se nos ha pedido que, durante la formación, hagamos hincapié en el papel de la teología de la liberación y la teología india en tierras chiapanecas. Quizá porque su desconocimiento es una de las cuestiones que genera mayor incomprensión cultural por parte de las personas internacionalistas solidarias llegadas desde diferentes latitudes.
Empezaré aclarando que me refiero a la teología política —siguiendo a Boaventura de Sousa Santos—como los diferentes modos de concebir la intervención de la religión, en tanto mensaje divino, en la organización social y política de la sociedad. Santos diferencia entre teologías políticas conservadoras —aquellas que defienden las regulaciones sociales y políticas del pasado—, y las progresistas, fundamentadas en la distinción entre la religión de los oprimidos y los opresores y situando la religión institucional del lado opresor.
Para conocer la historia del movimiento indígena en Chiapas es necesario acercarse al papel que tuvo la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas y quien fuera su obispo durante 40 años, desde 1960: Samuel Ruiz. Como él mismo reconoció en varias entrevistas, su mirada hacia los pueblos originarios sufrió una profunda conversión con el paso de los años: “Yo no evangelicé a los indígenas, ellos me evangelizaron a mí.”

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