Hace unos años, comisionada por la Secretaría de Educación Intercultural Bilingüe, llegué a una comunidad quichua asentada en el páramo del Chimborazo para observar el desempeño de su escuelita. Me advirtieron que hacía mucho frío y, en consecuencia, me vestí con poncho y bufanda de lana, pantalones y botas altas; por entonces usaba el pelo corto y no llevaba aretes. A medida que subíamos desde Quimiaq en el jeep de la parroquia el paisaje se volvía más espectacular, de una fuerza ciclópea abrumadora.
Llegamos a la comunidad Ichu Huayku, casi en la cima de la montaña. En la plaza, rodeada de chozas con techo de paja, nos esperaba un grupo de mujeres llenas de expectativas. Cuando bajé del jeep, no disimularon la risa: se reían de mi pelo corto y de mi vestimenta masculina. Me dirigí a la escuelita: un aula única, de puerta baja y algunas ventanas por las que se veían las montañas doradas por el sol.
Unos quince niños, de entre seis y siete años, con las caritas enrojecidas por el frío, aguardaban quietecitos en sus pupitres. Les dije mi nombre, les pregunté sobre sus padres, sobre las materias que más les gustaba, les pedí que cantaran en quichua. Me asombró la vivacidad y espontaneidad de todos, expresaban su confianza en ellos mismos y en su entorno. Me contaron, con tristeza, que los padres solo iban a la comunidad los días sábados, que vivían en Quimiaq con los hijos mayores que ya cursaban el colegio.

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