Previamente a las elecciones del 28-A había bastantes incógnitas a despejar. ¿La suma de las tres derechas daría para volver a la casilla de 1977 y replantear en sentido aún más autoritario aquella Transición meliflua de acomodos y olvidos? ¿El nacionalismo español exhibido con pim pam pum descalificatorio contra catalanismo y vasquismo, calaría en el electorado español, al tiempo que minimizaría el peso del soberanismo en sus territorios por efecto de la polarización a cuatro? ¿El comportamiento del electorado se despegaría del ciclo de luchas sociales? ¿Se diluiría el fenómeno Podemos? ¿Cómo incidirían los resultados en distintos planos como el reparto de influencia entre las derechas, los juicios en curso contra dirigentes catalanes, en el modelo de Estado o en las políticas sociales que llevan años erosionándose?
Han sido unas elecciones importantes que anuncian lo que parece un cambio de ciclo, con algunas incógnitas ya despejadas en sentido favorable a las fuerzas progresistas y soberanistas –con reajustes internos- y en perjuicio de unas derechas que han regalado el espacio templado. A no olvidar que continúan los destrozos causados por la gestión pepera de la crisis económica o por la mirada institucional española sobre las comunidades diferentes en forma de acoso represivo, político, judicial e ideológico. Ha habido un 155 judicial, político y social.

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