El ser humano actual (heredero evolutivo de sus antepasados Homo …), es, simplemente, una especie más en el universo. En el planeta existen millones de especies de animales y plantas. El cuervo, por ejemplo, es otra especie más. De entrada, muchas personas podrían pensar que entre el cuervo y nosotros los humanos no hay comparación, pero creemos que están en un error. Podrían pensar que nosotros somos “personas”, y a esta palabra le conceden un estatus superior al estatus que conceden al cuervo. Para ellas, por tanto, dadas nuestras más evolucionadas características en todos los órdenes (reflexión, inteligencia, capacidades, etc.), seríamos “superiores” a un cuervo. Bien, hasta aquí la discusión no saldría de unos límites académicos que podríamos explicar científicamente (y entonces veríamos que no hay tantas diferencias entre el cuervo y nosotros). Pero el especismo comienza desde el momento en que nuestra consideración de seres “superiores” al cuervo nos conduce a dominar a dicha especie, y a colocarla a nuestro servicio, sometiéndola a todo tipo de explotación. La especie trasciende a la clase, pero también al género, a la raza
Y así, desde tiempos inmemoriales, el papel que ocupamos en nuestro planeta frente al resto de especies de seres vivos nos ha conducido (por una serie de factores no evolutivos, sino culturales, sociales, educativos, políticos y económicos) a contemplar, digamos, una visión antropocéntrica (el ser humano sería el epicentro del universo), que nos ha empujado primero a la conquista, y luego a la destrucción de la naturaleza, y a tratar al resto de especies animales como verdaderos nazis, es decir, tratándolas como especies “inferiores”, y por tanto, autoconcediéndonos el supuesto derecho de explotarlos y asesinarlos para nuestro provecho.

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