Con frecuencia leemos estadísticas que nos ilustran sobre la acelerada concentración de la riqueza en el mundo; unos pocos multimillonarios acumulan mayor riqueza que la mitad más pobre del planeta, y el 1 % más rico de la población posee más de la mitad de la riqueza mundial. Asistimos resignados, cual meros espectadores, a un brutal e inhumano proceso de concentración. Esa resignación a menudo se basa en la certeza de que existen enormes poderes capaces de resistir cualquier intento de cambio, y también en que a veces las poblaciones son contradictorias e individualistas, y su comportamiento es funcional a un capitalismo consumista que conduce inevitablemente a dicha concentración.
En cualquier caso, si alguna esperanza hubiera de poder revertir esa tendencia, la depositaríamos en el Estado, porque es el que podría modificar la matriz distributiva. Pero dudamos cuando vemos que a menudo es coptado por el poder económico, y sus políticas agudizan el problema. Porque ese poder tiene capacidad para manejar los medios de comunicación que influyen en el electorado, tiene recursos para comprar voluntades en los tres poderes del Estado, y tiene la fuerza para presionar, chantajear y disciplinar. Desde luego que esta mecánica perversa suele tener fisuras, porque tarde o temprano genera sufrimiento en las poblaciones, y las crisis políticas brindan oportunidades para un cambio. Pero no es condición suficiente, porque en la historia mediata e inmediata hay ejemplos en los que, aun contando con el poder estatal, se fracasó en la búsqueda de modelos alternativos, tal vez porque no se comprendieron todos los factores que gravitan en la concentración de la riqueza y se abordaron más las consecuencias que las causas.
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