Digámoslo claro: nos sentimos humilladas, se están riendo de nosotras. Pero partamos de ahí para hacer algo al respecto, no para atrincherarnos en un búnker de cinismo o hartazgo.
No, no puedes traspasar la pantalla y abofetear a ese político que es tan mal actor que casi te olvidas de que es mal político. No puedes hacer callar a los tertulianos que diseccionan las técnicas, las tácticas, las narrativas, las expectativas o las estrategias en platós de televisión donde la vida no penetra, que exudan ese triste entretenimiento especulativo en el que se ha convertido el debate sobre política. No puedes meter baza en el soliloquio partidista donde voces masculinas y distintas longitudes de vello facial se entremezclan, donde afectadas voces femeninas se entremezclan, dicen casi lo mismo y no suman casi nada. Y para quien diga algo distinto: ridiculización o silenciamiento.
No, no te escuchan cuando dices que no hay quien pague el alquiler, que no hay quien viva con 800 euros al mes, que no hay quien esté tranquila sin saber si el año que viene tendrá ingresos. Yo sé que te gustaría hacer algo respecto a la angustia que se adueña de ti cuando no sabes cómo coño harás para cuidar a tus hijas, cuidar de tus padres, independizarte antes de los treinta. Hacer algo respecto a todo lo que pasa en la televisión y en las calles: los seres humanos que se ahogan, los corruptos que pasean impunes por la calle, los pocos que tienen mucho, demasiado, que se multiplican, los muchos que tienen poco, demasiados, que cada vez son más, el planeta que convulsiona, los incomprensibles despilfarros y las intolerables miserias. Y sientes, sentimos, siento que no podemos hacer nada, no puedes nada, ya ni siquiera tu voto, ni siquiera esa triste limitada modestísima herramienta de la democracia, ni siquiera tu voto parece servir para nada.

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