Las rebeliones en Chile y Ecuador, la inminente derrota electoral del macrismo en Argentina y las persistencias de proyectos con vocación de cambios en Bolivia y Venezuela, pero también en México, Colombia y Brasil, dan cuenta de un proceso abierto en la región.
Decían los formalistos rusos que la función de la literatura era desautomatizar la mirada. ¿No podría pensarse lo mismo de la rebelión, respecto de la política, de la vida social de los pueblos?
Las revueltas en Ecuador y en Chile, y la persistencia tanto del proceso encabezado por Evo Morales en Bolivia como de la Revolución Bolivariana en Venezuela permiten, junto con la inminente derrota electoral de Macri en Argentina, pensar en nuevas posibilidades para el continente. Con menos bombos y platillos, pero con el valor de la tenaz persistencia, allí también están el Ejército de Liberación Nacional en Colombia, el zapatismo en México e incluso, en el corazón rebelde del Brasil fascista, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, el MST.
La revuelta abre una posibilidad colectiva de pensar y actuar en otra clave que la que propone el estado actual de la situación dominante dentro del Nuevo Orden Mundial. Como momento político permite interrumpir la temporalidad del consenso hegemónico, afirmar una potencia creativa que rara vez aparece cuando las cosas funcionan con normalidad.
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