Las revoluciones no suceden de repente, ni tampoco transforman una sociedad de inmediato. Una revolución es un proceso que se mueve a diferentes velocidades y cuyo ritmo puede cambiar rápidamente si el conflicto de clases se intensifica y acelera el motor de la historia. Pero generalmente la construcción del momentum, o impulso, revolucionario es lento, y los esfuerzos para transformar un Estado y una sociedad pueden ser incluso más lentos.
El ritmo de la Revolución
A dos años de la Revolución rusa, Lenin escribió que la recientemente creada URSS no es un “talismán que hace milagros”, ni pavimenta el camino al socialismo. Le da a aquellos que habían sufrido opresión la oportunidad de ponerse de pie y “de tomar control del conjunto del gobierno del país, del conjunto de la administración de la economía y del conjunto del manejo de la producción”.
Pero incluso eso -el conjunto de esto y el conjunto del otro- no iba a ser fácil. Lenin escribió: “Es una larga, difícil y tenaz lucha de clase, la cual no desaparece ni después de derrocar el gobierno capitalista ni después de destruir el Estado burgués… no desaparece, solo cambia sus formas y en muchos sentidos puede volverse más feroz”. Esta era la conclusión de Lenin después de tomar el poder zarista y después de que el gobierno socialista haya comenzado a consolidarse en el poder.

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