El 1 de octubre de 2017 una buena parte de la población catalana descubrió que la policía es más que capaz de actuar con violencia contra una multitud pacífica. “No pasará nada, somos gente de paz”, nos decía un vecino días antes. Aunque molestara oír eso de alguien que conocía ejemplos como el desalojo de Plaça Catalunya durante el 15M, mirando a aquel señor sonriente alzando las manos en gesto de resistencia pasiva era difícil sentir algo más que pánico. Pánico por toda esa gente, mucha de avanzada edad, que llevaba meses organizándose y aún así no estaba preparada para lo que iba a pasar.
![]() |
| Desde el 1 de octubre de 2017 en Catalunya se han sucedido diversas situaciones que han hecho que el pueblo catalán se desapegue de lo que se conoce como España. |
Cuando llegó el momento, la policía no fue al colegio de mi barrio. A través de los móviles seguíamos la represión sufrida en otras partes mientras, para mantener la calma, se cantaba o se coreaban lemas, como el que ese día cambió de “Volem votar” a “Hem votat”. Algo parecido quedó reflejado en las redes sociales, donde lo emocionante y entrañable se mezcló con el terror y la violencia. En mi memoria del 1O no queda nada que dijera ningún político. Tampoco muchas banderas. Sí recuerdo que en los colegios aplaudían a todas las personas mayores que entraban a votar, sin importar qué fueran a marcar en sus papeletas.
Desde entonces no ha habido reparación para las víctimas directas e indirectas de aquella brutalidad policial. Al contrario, se ha retorcido la realidad para criminalizar una acción pacífica centrada en el derecho a la autodeterminación y convertirla en un “desafío secesionista” que requirió el uso de la fuerza.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada