Hay quienes jugaron a creer y hacernos creer que la persecución a Lula, Cristina, Correa, era auténtica preocupación por la honestidad administrativa. Hay quienes querrán que creamos que el golpe de Estado en Bolivia es una “crisis política” por una repentina pasión democrática. Como si no tuviéramos memoria, como si no supiéramos qué hicieron en Bolivia en 2006, en 2008, el plan de romper el país en dos, el plan de guerra civil, en todos estos años. Como si no supiéramos cómo lograron “vencer” en el referéndum de 2016 usando la más artera y sucia trama mediática. Y aunque querían no podían, porque los datos no cuadraban: Bolivia ha tenido cifras récord de desempeño económico, transformación productiva y superación de la pobreza, combinadas con un cambio social que superó la ancestral segregación de los “indios” ahora convertidos en ciudadanos y ciudadanas plenos.
Hay quienes seguirán entreteniéndose y jugando a que nadie toque a Piñera, Moreno, Macri, Bolsonaro, a Iván Duque, con sus muertos, sus desaparecidos, su desastre económico, su bajón de popularidad, ataques a las conquistas sociales y derechos, sus planes de ajuste, tarifazos, el aumento de la pobreza, la concentración de la riqueza, la violación de las leyes. Cuando Piñera y Moreno golpean a sus pueblos, los militares salen a las calles a asesinar y reprimir, reimponiendo el “orden normal”. Cuando un sector político sale a las calles de Bolivia a quemar hogares, linchar personas, asaltar medios de comunicación, los militares salen a obligar al Presidente a dimitir. ¿Irónico, no?
Incluso hay opinantes que se atreven a decir que Evo renuncia por “perder apoyo de los militares”. ¿Y es que en una democracia, un régimen republicano y un Estado de Derecho gobiernan quienes los militares apoyen o quienes elija la gente?

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