La Paz, Bolivia. 18 de noviembre de 2019. A cuatro mil metros de altura se hace y deshace la historia en Bolivia. Desde el teleférico, de La Paz hacia El Alto, la ciudad se muestra clara y apacible; el nevado de Illimani al fondo y los barrios de las laderas semivacíos. Los pasajeros van viendo videos de las protestas en sus celulares. Comentan que Evo Morales está en México ¿y por qué no en Cuba o Venezuela?, se preguntan en voz alta. Todos hablan de política. Al acercarse a su destino final se asoma el río sin fin de indígenas y campesinos que se dirigen a La Paz. Es la movilización andina en marcha, con destino aún desconocido.
Este lunes La Paz amaneció sitiada por octavo día consecutivo. El Movimiento al Socialismo (MAS) continuó mostrando músculo en El Alto, uno de sus bastiones, de donde partieron miles de indígenas y campesinos partidarios del ex presidente Evo Morales, para exigir la renuncia de la presidenta interina de facto Jeanine Áñez. La movilización pacífica exigió justicia para las víctimas de la represión ejercida en el contexto de la crisis política que se vive a partir del cuestionado resultado electoral en el que Morales buscó reelegirse por cuarta ocasión consecutiva.
La gente de La Paz recibe dividida a la marcha. Por un lado se forman filas de personas para ofrecer agua y naranjas a los aymara. Por otro, una señora que lleva a su hijo de la mano, les dice: “ojalá se mueran todos. Espero que los maten”. Lo dice en voz baja, pero se escucha, al igual que otras expresiones de un racismo creciente.

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