El movimiento social, protagonista y propulsor de la impactante rebelión social detonada por el movimiento estudiantil “Evade” el 18 de octubre, ha sido claro al presentar las reivindicaciones por las que lucha. Después de más de 43 días su fuerza y potencial de cambios continúan intactos. Pese a la brutal represión de la que ha sido objeto por parte del régimen político post-dictadura liderado desde el gobierno por Piñera y la oligarquía empresarial que lo respalda. Nada le gustaría más al Gobierno que descabezarlo, amedrentarlo o institucionalizarlo hasta la impotencia. Volver a la normalidad domesticada, a la sumisión voluntaria de los abusos, al consenso artificial. Es lo que explica los rasgos de militarización acelerada del país y el uso del poder mediático tradicional para fabricar, incertidumbre, atemorizar e intentar criminalizar la actividad multicéfala del movimiento social. Y es lo que también da cuenta del desprestigio de un gobierno devenido en semanas un paria internacional, pero observado con atención por el impacto político del potente movimiento social chileno en un mundo globalizado.
Ahora bien, la crisis institucional y del sistema de partidos indica que es pertinente para el pueblo dotarse de un gobierno de los movimientos sociales, del pueblo movilizado y de los trabajadores que aún hoy “mueven las industrias”, la producción, el transporte, los servicios, la venta, las telecomunicaciones y … también el consumo.
Es lógico. Se trata entonces de darle forma a esta urgencia política en un contexto de profunda crisis de la vieja institucionalidad, pero que intentará recomponerse con el sostén de la vieja casta parlamentaria y con toda la violencia de la que dispone el Estado pos dictadura para ahogar la demanda general de que la “Dignidad se haga costumbre”, es decir que la vida sea digna.

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