dissabte, 7 de desembre del 2019

La revuelta juvenil no para y avanza sin pausa


Que la muerte de Dylan Cruz no quede en el olvido, que pare el asesinato de lideres, defensores, excombatientes y gentes comunes que movilizadas reclaman garantías a sus derechos pactados entre sociedad y el estado. Que el horror no caiga en el reino de la impunidad y los partidos cesen su afán de controlar la vida del mismo pueblo ultrajado y que el planeta no sea destruido. Que la riqueza no sirva de excusa para vivir en la miseria. Es lo que anuncian otros actores, que ya no son los mismos de la sociedad industrial, ni encarnan las disputas liberal-conservadora, ni capitalismo-socialismo. Son en esencia una generación de jóvenes, de la que la anterior que bordea y supera el medio siglo, espera entre las nostalgias de la revolución que no fue y las marcas de la guerra vivida, que los cambios se aceleren.




La esperanza, que el papa Francisco pidió no dejarse robar, parece estar en manos de esa generación de jóvenes, internautas, milenians, estudiantes y espectadores de un futuro incierto, muchos de ellos hijos de viudas del conflicto, huérfanos de padres asesinados y familias en destierro, que difícilmente van a ser convencidos de irse de las calles con leyes que prohíben o tanquetas que disparan. Hay una apuesta de cambio en la generación nacida en el siglo XXI o después del muro de Berlín, que desde hace una década está escribiendo la historia de este tiempo, de otra manera. En pocos minutos convoca una asamblea, un mitin, un plantón, como lo hacen las mujeres del “si el estado no me cuida, que me cuiden mis amigas”, porque se mueve en un mundo conectado en línea. Les afecta el planeta, la crueldad contra humanos y no humanos, mezclan feminismos y ecologismos con agendas sociales, económicas, obreras, afro y campesinas. Se movilizan con canticos, abrazos y besos y buscan garantías a derechos en retroceso, que seguramente no podrán disfrutar como la jubilación. En el fondo se apela a defensa de derechos universales y marcan una ruptura con la idea del poder hegemónico y los caducos valores de la sociedad tradicional aferrados a la disciplina, los jefes, la obediencia, la resignación y otras formas de relación humana. Fomentan la salida de males políticos como la corrupción, el clientelismo y la arrogancia de poder de las elites.

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