dimarts, 5 de maig del 2020

Verdades, mentiras y desinformaciones


Todos los seres humanos han mentido en algún momento de sus vidas. Si alguien les dice que nunca mintió, en ese preciso instante lo está haciendo. La mentira, que entenderemos como faltar a la verdad intencionadamente, parece ser característica exclusivamente humana. De ahí que tratar de prohibirla o erradicarla responda, como decía Hannah Arendt de las ideologías totalitarias, a un intento de transformar la naturaleza del ser humano.

No todas las mentiras nos parecen iguales. Estamos dispuestos a perdonar que un médico no diga la verdad a un paciente; que unos padres no digan a su hijo que es adoptado; que un abogado exagere para lograr la exculpación de su cliente; que no se diga a una amistad lo mal que le sienta el nuevo peinado, etc.




Pero aunque podamos hacer este tipo de clasificación entre mentiras más o menos buenas, todas tienen el propósito de conseguir alguna ventaja para quien las dice. Incluso si nos inclinamos por mentir a una amistad que nos pregunta qué tal le sienta el nuevo corte de pelo, lo hacemos tanto por evitarle el disgusto, como evitarnos decir algo desagradable, o su posible enojo.

El mentiroso obtiene una ventaja sobre aquél a quien miente, que consiste en el ocultamiento de una verdad que ese otro no posee. Ya Platón dejaba de manifiesto que prefería a un mentiroso antes que a alguien equivocado, puesto que el embustero vale más, porque sabe lo que hace y hace lo que quiere, es decir, conoce la verdad. Estar equivocado no es mentir y nadie está a salvo del error, como nadie está a salvo de ser engañado. Esto, dicho sea de paso, tiene un interesante corolario: se puede reducir la mentira, pero sólo al precio de incrementar la ignorancia.

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