Desde que Donald Trump y su servil esbirro [el fiscal general] Bill Barr decidieron catalogar el movimiento Antifa como organización terrorista, está resurgiendo la antipatía hacia este fenómeno por parte de personas de todo el espectro político. La repetición de acusaciones e ideas erróneas ha vuelto a situar esta amorfa manifestación política en el punto de mira. La última vez que casi todo el mundo oyó hablar de Antifa fue cuando alguno de sus miembros impidió que una lumbrera de la alt-right* pronunciara uno de sus últimos discursos en los campus. Tras al éxito conseguido en su propósito de expulsar a los fascistas y sus aliados de las universidades, el movimiento se desvaneció en el éter donde van a parar las noticias viejas. Pero, visto que la policía estadounidense parece incapaz de dejar de asesinar negros desarmados y que Trump ha decidido volver a perseguir a los antifascistas, Antifa ha vuelto. Y su regreso ha venido acompañado de un coro de críticas.
Antifa es, una vez más, blanco del ataque de elementos de la derecha, elementos del centro y elementos de la izquierda. Los de la derecha ven al movimiento como al hombre del saco anarquista y anticapitalista. Los críticos de la izquierda lo consideran nihilista y creen que malinterpretan la definición de fascismo. Los del centro liberal/conservador lo consideran un elemento indefinible e incuantificable del entorno político que prefiere la violencia al debate y el vandalismo a las votaciones. Estas críticas tienen y no tienen razón. Precisamente por no ser un grupo organizado y carecer de otra ideología que no sea la de enfrentarse a quienes considera fascistas o muy comprensivos con el fascismo, el movimiento Antifa está expuesto a estos y otros malentendidos. No tiene portavoz ni comité alguno que le defienda y explique sus razones. Al estar definido de una manera tan laxa, está abierto a múltiples definiciones, muchas de ellas falsas.
En el actual clima político, con simpatizantes del fascismo (cuando no fascistas descarados) repartidos a lo largo y ancho del gobierno nacional, de diversos gobiernos estatales y de la gran mayoría de los cuerpos policiales, rechazar al movimiento Antifa y considerarlo criminal contribuye a que los elementos más reaccionarios del Estado consoliden su control. Es posible que a usted no le gusten sus tácticas, pero estos tipos son nuestros aliados. La idea de que puedan tener infiltrados es razonable, pero ¿quién hace más daño? ¿Un puñado de izquierdistas y anarquistas infiltrados o un puñado de liberales soltando el mismo rollo que el presidente, el Departamento de Justicia y otros políticos derechistas que pretenden reforzar el estado policial?


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