Resulta intolerable que hechos tan terribles como la venta de armas para alimentar la guerra de Yemen pasen desapercibidos para la opinión pública. Esto es un problema grave en términos de democracia y revela una vez más que es necesario repensar nuestro modelo de medios de comunicación.
La crisis del Coronavirus ha vuelto a demostrar que uno de los grandes problemas de nuestra democracia —por no decir el que más— son los medios de comunicación. Durante todos estos meses hemos escuchado un discursocargado de odio, de ruido y de intolerancia que ha pretendido utilizar el miedo a la enfermedad para polarizar y dividir a la sociedad.
Que los medios de comunicación se hayan pasado toda la cuarentena gritando histéricamente contra el gobierno, ha permitido que toda la atención mediática se centre en el coronavirus obviando otras crisis severas de las que nuestros gobernantes han sido responsables y han mirado hacia otro lado para defender los intereses económicos de nuestras grandes empresas —tanto públicas como privadas—. Este es el caso de Yemen, país que vive la peor crisis humanitaria del mundo.
Mientras los líderes de los países occidentales mostraban su “preocupación” y defendían la necesidad de poner fin a la guerra de Yemen, han seguido suministrando armas y tecnología a Arabia Saudita
La razón es muy simple: Arabia Saudita es el mayor exportador de petróleo del mundo y es, por lo tanto, nuestro aliado. Da igual que financie escuelas que promueven una versión radical del islam y que compromete nuestra propia seguridad al crear “canteras de fundamentalistas” proclives a aceptar las “virtudes de la yihad” o que sea un régimen autoritario y extremo donde no se respetan los derechos humanos, donde se defiende la “persuasión” que tiene las ejecuciones y donde las mujeres pueden ser sometidas al infierno que decida su marido.

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