Era esperado y esperable. La condena de Otegi y sus compañeros fue centralmente política. El motivo, clarísimo: ser un actor principal en el cese de la violencia armada y protagonista decisivo de una nueva situación en Euskadi. Nuestra ‘normalidad democrática’ oculta que se viene aplicando un derecho penal de excepción, el ‘derecho penal del enemigo’ que rompe con los principios garantistas de nuestro ordenamiento y construye un derecho específico para determinadas personas y determinados supuestos jurídico-penales. Estos individuos son tratados como enemigos, en cierto sentido, como no personas y se le aplica una legislación específica para ellos.
Lo paradójico es que esto se aplica a un grupo de dirigentes políticos que han sido protagonistas decisivos en un esfuerzo enorme por la paz, la reconciliación y la apuesta por un futuro democrático para todas y todos. En los poderes hay añoranza de la situación anterior y polarizarse y polarizar sigue siendo un elemento fundamental para una derecha pura y dura que ve su hegemonía en peligro. No hay que engañarse: la salida de la cárcel de Otegi será una buena noticia para los que seguimos luchando por la ruptura democrática, el reconocimiento de los derechos nacionales y la construcción de un nuevo Estado.

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