Hace más de 200 años, una antigua colonia inglesa aprobó su declaración de independencia. Este documento reivindicó que todos los hombres fueron creados iguales, lo que supuso aceptar la igualdad como principio político válido. A pesar de que resulte indiscutible la importancia simbólica que tuvo este hecho, es innegable que no ha terminado con la desigualdad. Ahora bien, antes de continuar, convendría abordar un interrogante crucial: ¿qué es la igualdad? Ésta se define normalmente como “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”.
Aunque, si buscáramos entenderla desde un punto de vista más moral, resultaría muy enriquecedor examinar la visión de Rousseau, expuesta en su Contrato social, acerca de que ningún ciudadano debería ser tan rico como para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre como para tener que venderse.
Sin embargo, la realidad es totalmente ajena a aquel anhelo del filósofo ginebrino. Es más, la desigualdad es una rémora que ha acompañado, casi desde sus inicios, al ser humano. Tanto es así que, desde el momento en el que fue posible acumular bienes, la distribución de los mismos fue llevada a cabo de manera muy distinta entre las diferentes personas.

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