El progresismo nace como una respuesta del campo popular a los estragos neoliberales. Así, en medio del fuego del Caracazo surgirá Hugo Chávez, el kirchnerismo será la respuesta a la debacle menemista y Evo a la miseria que dejó tras su paso el vendaval capitalista. El progresismo (o el bolivarianismo) es parte integral de ese ascenso de masas que tendría su expresión más clara en la rebelión zapatista en enero de 1994.
El ciclo progresista probablemente se está agotando, pero su correlato, el ascenso de masas, resurge con tonalidades diferentes, y tendrá posiblemente caracteres más dinámicos que hace 20 años. En Venezuela las masas organizadas se preparan para combatir un nuevo intento de golpe de Estado, mientras que el golpe parlamentario en Brasil ha generado una reacción popular despertando la solidaridad internacional como nunca antes.
La culta Europa está siendo sacudida por movilizaciones populares, desde la península ibérica hasta el corazón de Francia. Y el imperio no se queda atrás, en el norte aparece la figura de Berni Sander, que enarbolando la bandera socialista, despierta la simpatía de los millones de descontentos norteamericanos que ya no creen en esa anciana dictadura bipartidista de demócratas y republicanos.

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