La presencia de la cultura y la civilización hispana, ajena a la cosmovisión de los pueblos ancestrales de nuestro continente, fue percibida de distintas formas. Si las etnias, a los inicios de la llegada de los bárbaros colonialistas eran vistos como amigos y aliados para golpear a los quechuas, que en el proceso de expansión y de configuración de su imperio, habían actuado con violencia, bien pronto se dieron cuenta que los invasores no eran sus liberadores sino sus verdugos.
El extermino fue atroz. Según Bartolomé de las Casas, desde que los colonialistas entraron a los dominios del Tahuantinsuyo, hasta 1542, cuatro millones de nativos habían muerto, bien porque fueron asesinados o por epidemias y enfermedades.
La reacción de los pueblos nativos frente a los agresores no fue uniforme, ni siquiera al interior de las propias etnias. En efecto, mientras unos devinieron en colaboracionistas, otros los enfrentaron. Quizá el caso más didáctico del prototipo de traidor sea el de Felipillo, quien representa la imagen del inescrupuloso (independientemente que haya muerto por apoyar la rebelión de los nativos mapuches del sur). Otro, muy distinto, es el ejemplo de los caciques Marca Huilka o Poechos, que fueron los primeros que se enfrentaron a la invasión hispana y por ese “delito” murieron en la hoguera, asistidos por sacerdotes cómplices.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada