El aeropuerto de Albacete es uno de esos edificios infrautilizados que ofrecen un simulacro de lo que podría haber sido, el ensayo sin público de un país inexistente.
Llueve y los estertores de la crisis han dejado tres estilos arquitectónicos en la península: edificios abandonados, cerrados e infrautilizados. Tienen en común haber sido financiados con dinero público y adolecer de una errónea previsión sobre su sostenibilidad. En los casos más escandalosos, incorporan firmas de prestigio, costes desorbitados y sospechas de corrupción. En los menos, son tan solo cascarones vacíos que buscan algún uso.

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