Es imposible el diálogo, primero, porque los interlocutores no se reconocen. Pero lo es, sobre todo, porque –recordemos– los interlocutores no nos representan.
Ha llegado el momento de decir con firmeza que si uno quiere tener una mínima idea sobre “lo que está pasando en Cataluña”, antes debe alejarse de la actualidad que construyen los medios de comunicación y sentarse a hablar, sin prisas, con la persona que tiene al lado. Créanme, sí se puede.
De vuelta a la conversación, una vez superado el nivel superficial, repleto de tópicos y prejuicios de otro, descubriremos que lo que ha ocurrido en este tiempo tiene que ver con eso, con la interrupción del diálogo social que el estallido de la crisis propició, cuyo hito principal es el 15-M, y con el (r)establecimiento de la unidireccionalidad incontestable, ese monólogo insoportable a través del cual los grandes medios nos invitan a creer en lo que ellos dicen, y no en lo que ven nuestros ojos.
El consenso social de las plazas del 15-M, hoy fracturado, es el que impidió una deriva fascista en España homologa a la de la mayoría de países europeos, un fascismo que emerge ahora bajo la forma de represión de la plurinacionalidad

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