Para importar como un blanco, un africano tiene que jugarse la vida cruzando el Mediterráneo. Incluso de ese modo su importancia será efímera, al igual que lo es un grito de socorro en un punto indeterminado de ese mismo mar. Desde 2014, más de 10.000 migrantes se han dejado la vida en el Mediterráneo, personas que huían de la guerra, el hambre, la sequía, el terrorismo, la pobreza... personas que abandonaban su hogar con la esperanza de encontrar un mundo mejor en Europa, un continente en el que los únicos nombres africanos que son recordados son los de los delanteros de moda.
Para comprender a los migrantes africanos deberíamos interesarnos por sus problemáticas como si de las nuestras propias se tratasen, de hecho así se trata. Pero en realidad nosotros no queremos saber demasiado sobre los migrantes africanos,
No queremos saber nada, y de hecho no sabemos nada, sobre el largo camino antes de arribar a Europa, los secuestros masivos por las mafias dedicadas al tráfico de personas, las numerosas muertes por deshidratación en el desierto del Sahara -en donde los cadáveres en muchas ocasiones ya reposarán para siempre- las subastas de esclavos en una Libia en descomposición, la tensa espera en los montes del norte de Marruecos, la incertidumbre de quienes se encuentran a la deriva en un inmenso mar en el que apenas unos cientos de activistas los buscan. Tampoco sabemos nada, ni queremos saber nada, de los muchos problemas con los que los "afortunados" que logran llegar a la península se encuentran en su día a día en nuestro país.

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