Un pontífice que tiene un discurso sobre la igualdad y la misericordia con reconocimiento universal es presa nada despreciable para la policía del lenguaje. Si, además, critica el clericalismo y empodera al laico diciendo que “no son empleados del clero”, llama a los pueblos de la Amazonia a organizarse y a que “se autodefinan y nos muestren su identidad”, denuncia el extractivismo, la contaminación ambiental, los diversos modos de imperialismo, la ocupación de tierras con fines comerciales y dice que el término “trata de personas” es un modo de encubrir la esclavización laboral y sexual, entonces es un verdadero profeta urbano del siglo XXI.
Dentro del grupo de los papafóbicos, aquellos que han optado por los pobres parecen no estar lo suficientemente armados ante a las tentaciones modernas que se manifiestan en los discursos hegemónicos y se suman a las filas de la discordia fijando la mirada en lo que no dice. Pero Francisco dice. Habla con el pueblo. No se dirige a los poderosos. Llama a la conversión a los débiles, a disculparse a sí mismos las faltas que el sistema les genera para justificar su exclusión, tanto como las traiciones que genera la desolación de la derrota.
Francisco no habla de la pobreza sino de la riqueza como origen de la desigualdad.

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