dijous, 15 de febrer del 2018

En el 90 aniversario de Pedro Casaldáliga


Conmemoramos este año (el 16 de febrero) el noventa aniversario de una vida tenazmente entregada, el largo recorrido de una existencia empeñada en humanizar esta tierra todavía por humanizar. No es frecuente encontrar en la misma persona al místico y al profeta, al guerrillero y al poeta, al obispo y al rebelde. Cuando esto sucede, es exigente el don que recibe una generación. Y cuando esto se prolonga en el tiempo, persistentemente y sin claudicar hasta la edad de noventa años, a pesar no solo del envejecimiento sino de la enfermedad del parkinson, no podemos sino sentir una mezcla de estremecimiento y agradecimiento que brotan de la interpelación que tal icono viviente arroja al resto de la comunidad. 

Pedro Casaldáliga no se ha movido en cinco décadas de la tierra a la que fue enviado como misionero claretiano después de haberse entregado en sus primeros años de ministerio en los barrios marginales de Sabadell. Llegó al estado de Mato Grosso del Brasil en 1968 y desde entonces no ha regresado a su tierra natal “porque los pobres no pueden viajar”.



Pastor de su pueblo, ha ejercido impecable y valientemente su misión como obispo, dando pleno sentido a su significado: epi-​scopos, el que vela por encima (epi) para que se alcance la meta (scopos), que no es otra que la utopía del Reino. Así ha sido durante más de treinta y cinco años hasta que tuvo que dimitir a causa del límite de edad. Pero allí ha permanecido y sigue permaneciendo, a costa del riesgo de su vida y de las incomodidades e inclemencias del lugar.


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