La educación pública está bajo ataque. El nombre dado a esta guerra contra la garantía del derecho a la educación es diverso, aunque se encierra en el calificativo de Reforma Global de la Educación (sus siglas en inglés son GERM, acrónimo que igualmente significa germen, microbio o bacteria, por su carácter maligno y enfermizo) (Gawain, 2015). El derecho a la educación, en sí mismo, está amenazado de diversas maneras, así como lo están características que hablan del alcance de este derecho, como la accesibilidad, gratuidad, el laicismo, la responsabilidad del Estado, la pertinencia social, entre otras.
La privatización es uno de los componentes más perversos de la “reforma” neoliberal, que es en realidad una contrareforma destructora de múltiples avances sociales, todos resultantes de años y décadas de luchas de los pueblos para conquistar sus derechos. Mientras más engañosa, más perversa, porque la venden como un producto deseable bajo ofrecimientos de “calidad”, de “meritocracia” (una manera elegante de llamar al darwinismo social), de superación a través de la “competencia” y, por último, de lograr una educación que resuelva los problemas sociales. Pero no se ha podido demostrar que la privatización mejore la calidad educativa, cualquiera sea la concepción que se tenga de la misma (Waslander et al., 2010), mientras que, por el contrario, se puede comprobar que la superioridad de la educación privada no es más que un mito construido por intereses muy claros (CLADE, 2012).

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