Cálculos internos sitúan en unos 2,8 millones de salvadoreños viven en Estados Unidos, una diáspora que se intensificó en la década de los 80, cuando muchos decidieron huir de la guerra civil que entre 1980 y 1992 azotó a este país de 7,3 millones de habitantes.
El Salvador, el país más pequeño de América Central y el tercero en población, es el que cuenta con más emigrantes del istmo, según datos de las Naciones Unidas.
Al menos tres aviones, procedentes de Estados Unidos, y tres buses, de México, llegan semanalmente a ese centro con un promedio de más de 460 personas deportadas.
Los sueños de los deportados de encontrar un mejor horizonte se convirtieron en pesadilla el día en que la “migra”, como se conoce a la policía migratoria estadounidense, o autoridades mexicanas los detuvieron y comenzó el proceso de devolución a su país.
En 2017, casi 27.000 personas fueron deportadas desde Estados Unidos y México, lo que globalmente representa una reducción de 50,68 por ciento, en comparación con 2016, según cifras oficiales. Los llegados por carretera desde México, unos 11.000, fueron los retenidos por ese país en su territorio antes de lograr cruzar la frontera con Estados Unidos.


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