La presidenta derrocada visitó al presidente encarcelado junto con el actor Danny Glover. Aquí la crónica sobre qué hablaron y cómo está Lula físicamente y de ánimo.
Dilma camina con prisa. Un enjambre de periodistas la sigue desde lejos, del otro lado de la reja que limita el perímetro del edificio de la Superintendencia de la Policía Federal en Curitiba, donde está preso el ex presidente Lula. Adentro la espera el actor norteamericano Danny Glover. Ambos serán las dos únicas personas que, fuera de su entorno familiar, podrán visitarlo en la semana. Han pasado ya las 4 de la tarde y, aunque la temperatura ha bajado a 18 grados, Dilma siente calor. No es porque haya corrido temiendo atrasarse. Dice que pensó que eran los nervios. Pero pronto supo que era la indignación.
Es la indignación, se repite Dilma en silencio, mientras ingresa y observa la placa donde consta que ese edificio, ahora uno de los más lúgubres símbolos de la infamia, ha sido inaugurado cuando Brasil soñaba volverse una nación edificada sobre los derechos ciudadanos, cuando soñaba acabar con los privilegios de sus élites y con la impunidad de unas clases dominantes coloniales, esclavistas y racistas. Para esto, había que combatir los delitos de los ricos en un país que había transformado la justicia en una maquinaria de encarcelamiento de pobres, de trabajadores, de jóvenes negros, de sin tierra, de sin techo y sin derechos. La Superintendencia de Curitiba, como la de tantas otras regiones del país, fue reacondicionada para combatir el lavado de dinero y los delitos financieros. Ahora, 15 años después, se transformó en la prisión donde está encarcelado el futuro democrático de la nación.

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