Un artículo propagado por la prensa hegemónica estadounidense califica las recientes manifestaciones y represión en Nicaragua como “primavera democrática”.[1] Asegura que “los jóvenes nicaragüenses han puesto en marcha su propia versión de la Primavera Árabe” y que “Ortega parece haber perdido su manejo de las multitudes y ahora está acorralado”. Dato curioso, además, que el artículo elige la frase de un empresario como título: “Nicaragua cambió (…) La Nicaragua de hace una semana ya no existe”. Las nociones de primaveras democráticas, “multitudes” y “cambio” llaman la atención, pues recuerda a procesos anteriores que parece necesario revisar.
Las revoluciones de colores y las primaveras democráticas tienen su origen en los países ex comunistas de la Europa del Este, donde se experimentaron por primera vez, aunque trataron de ser extrapoladas sin éxito a países de América Latina como Venezuela.[2] No obstante, fueron instaladas en otras latitudes y son celebradas como movimientos de emancipación autóctonos (pero con apoyo internacional), espontáneos y exitosos (cuando condujeron al derrocamiento de los gobiernos de turno). Iconos de estos procesos son el liderazgo de los jóvenes y posteriormente la incorporación del uso de las redes sociales para convocar movilizaciones masivas (revoluciones 2.0) que por momentos se transformaron en revueltas violentas con respuestas represivas por parte del Estado.[3] Fueron bautizadas como las revoluciones del siglo XXI: los jóvenes y las nuevas tecnologías puestas al servicio de la emancipación. Se centran en los derechos civiles, el derecho de los “ciudadanos”, el derecho a la información, etc.

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