“A veces, cuando estoy solo, me vienen recuerdos de las espantosas imágenes que vi en el desierto”, confesó Njoya Danialo. “Creí que iba a morir. La gente que nos transportaba estaba dispuesta a deshacerse de nosotros si fuera necesario”, explicó, al narrar el calvario que soportó cruzando el desierto del Sahara.
Cuando el viento del desierto es muy fuerte, los traficantes de personas se protegen adentro o debajo de los vehículos, mientras los pasajeros encaramados arriba del equipaje en camiones repletos quedan a merced del mortal viento lleno de polvo, contó a IPS.
Njoya es uno de los más de 1.300 repatriados que, con apoyo de la Organización de las Naciones Unidas para las Migraciones (OIM), regresó a Camerún desde el inicio de las operaciones de la agencia en África subsahariana, en junio de 2017.
“Entre Níger y Marruecos, hay agentes llamados ‘passeurs’ (pasadores) que ofrecen tres posibilidades”, explicó.
“Te pueden ayudar a llegar al Mediterráneo, desde donde cruzas a España. Te pueden llevar a un centro de detención y llamar a tus padres para pedir rescate; o te roban y te abandonan en la selva”, precisó Njoya.
Él tuvo suerte de conseguir pasadores que lo ayudaron a viajar. Conoció a otro inmigrante de Burkina Faso que iba a España antes de que lo obligaran a pegar la vuelta en Argelia.

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