Seneca Falls es un pequeño pueblo en el estado de Nueva York. Hace ciento setenta años, en julio de 1848, se celebró allí la primera convención sobre los derechos de las mujeres, que culminó con la aprobación por sesenta y ocho mujeres y treinta y dos hombres de la “Declaración de sentimientos”. Este documento denunciaba la opresión a la que estaban sometidas las mujeres y, modificando la Declaración de la Independencia de Estados Unidos en la que se basaba, comenzaba proclamando: “Mantenemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres y las mujeres son creados iguales; que están dotados por el Creador con ciertos derechos inalienables”. Muchas personas consideran que la convención en Seneca Falls marcó el inicio del movimiento por los derechos de las mujeres que se manifestó rápidamente en las reivindicaciones sufragistas.
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Cartel que recuerda la primera convención sobre los derechos de las mujeres celebrada en Seneca Falls en 1848.
Hace pocos días visité Seneca Falls donde desde 1980 funciona el Parque Histórico Nacional por los Derechos de las Mujeres. Recorriendo sus edificios y exposiciones pensé en las luchas feministas –pasadas y presentes– en Argentina, en el colectivo Ni Una Menos y en el reciente rechazo en la Cámara de Senadores al proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Y también pensé en el énfasis con que los organizadores de los Juegos Olímpicos de la Juventud 2018 (JOJ 2018), que se realizarán en Buenos Aires en octubre, resaltan que será el primer evento de la historia Olímpica en el que se logrará la igualdad de género
En este aspecto, una parte sustancial del legado de los JOJ 2018 podría ser la invitación a seguir preguntándonos, como lo hace un cartel en el Parque Histórico Nacional por los Derechos de las Mujeres de Seneca Falls, “¿Cómo será cuando los hombres y las mujeres sean verdaderamente iguales?
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