divendres, 3 d’agost del 2018

Mediocridad y dignidad


“¿Por qué solo los ricos pueden ser mediocres y los pobres no? ¿Es que nosotros somos los que tenemos que destacar para tener realmente una vida digna? Yo quiero ser mediocre y ser jodidamente digna”. Una amiga, con dos preguntas y una afirmación acababa de desmontar todo en lo que yo creía. Era un punto de inflexión, el momento en el que me daba cuenta de que no era más que otro prototipo al servicio del pensamiento neoliberal que tan enraizado estaba dentro de mí. Un devoto de la falsa meritocracia que no quería oír hablar de la mediocridad. Que la repudiaba, que le asustaba, que le tenía miedo y huía de ella.



Toda nuestra vida está encaminada al éxito. Si no lo buscamos, cargaremos toda la existencia con la cruz del conformismo. Y eso es negativo. Por eso pasamos el día frustrados. Nos piden el esfuerzo siempre a los mismos. Tenemos que llegar a objetivos y metas. Estamos obligados a destacar, a llegar antes. Queremos que nuestra hija diga sus primeras palabras antes que sus compañeros de guardería porque así demostrará que es más lista que el resto, que sobresale, que no es una más. Queremos presumir delante de otros padres. Y si no lo hace, ¿qué? Nos frustramos, nos convertimos en infelices.

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