divendres, 7 de setembre del 2018

Brasil entre el orden de Bolsonaro y el progreso democrático


El deterioro institucional que trajo el desplazamiento de Dilma Rousseff de su legítimo mandato supuso una desestructuración tal del sistema político que hoy es lo que explica que Jair Mesías Bolsonaro (PSL) esté donde está. Es cierto que Bolsonaro no es una figura que nació políticamente hace dos años con el impeachment a Dilma: va por su séptimo mandato como diputado. Tampoco es que saltó a la consideración de presidenciable de la nada: en la última elección del 2014 fue el diputado más votado de Río de Janeiro. Pero su situación de presidenciable fue posibilitada por dos tendencias que el golpe parlamentario del 2016 favoreció, incluso saliéndose del libreto.




Por un lado, la brutal estigmatización –antes, durante y con posterioridad al impeachment– del Partido dos Trabalhadores (PT), Lula, Dilma y la izquierda en general, como responsables últimos de todos los problemas ocurridos en el país. Fue (y sigue siendo) una operación ideológica con todo tipo de metodologías y compromisos –fake news, redes sociales, O Globo, ONG’s y el Departamento de Justicia de EE.UU. prestando sus servicios a una estructural maniobra de lawfare-, que dejó el terreno tan devastado que el discurso “antipolítico” comenzó a abrirse cada vez más espacio, resignificando hacia discursos derechistas aquello que había sido enunciado en los movimientos de junio del 2013. Por otro lado, el Gobierno de Michel Temer fue tan desastroso (económica y socialmente) que el descontento no sólo cayó sobre su oscura figura y sus más inmediatos aliados, sino que el descrédito también se esparció sobre los golpistas que lo acompañaron, incluyendo al Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).

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