¿Por qué no hubo una revolución técnica y científica homologable en sus términos a la alumbrada por Occidente? La pregunta lleva años siendo objeto de disputas y desvelos por la comunidad académica, especialmente por los historiadores. Pero sea cual sea su respuesta, la China del siglo XXI tiene claro que es irrelevante: puede que no se diera en el pasado, pero decididamente está fructificando en el presente. China es ya la primera potencia científica del planeta.
¿Cómo? Investigando mucho más que sus pares. Se estima que alrededor de un tercio de los trabajos científicos publicados globalmente corresponden a investigadores chinos. En 2016, según un reciente estudio publicado por la Universidad de Harvard, China superó a Estados Unidos por primera vez en la materia. Un siglo después de que las universidades estadounidenses instauraran un monopolio ineludible de excelencia académica, China tomaba la alternativa.
¿Qué dice EEUU? No es una cuestión baladí: quién produce conocimiento científico es un buen indicador de quién tendrá una posición de ventaja en las economías basadas en el conocimiento técnico, es decir, en la investigación y el desarrollo. La administración Trump entiende que China también le está comiendo parte de su terreno en el campo académico, y por ello ha decretado procedimientos de visado y permisos de estudio y trabajo más duros.

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