Fontana siempre resultó un historiador incómodo. Pese a recibir numerosos reconocimientos, entre otros, la Creu de Sant Jordi y ser nombrado doctor “honoris causa” por no pocas universidades, significativo fue que nunca —y mira que se intentó y se conspiró en tal dirección— se le otorgó el Premio Nacional de Historia. Lo que nos aboca al paisaje y al paisanaje —recordando a otro ilustre catalán, Vázquez Montalbán— que siempre le rodeó.
Pongamos las cosas en su sitio: Fontana forma parte de una élite intelectual fundamental para radiografiar la izquierda española.
Precisamente, el “hilo rojo” de la historiografía que encarnó lo evidenció en sus tres grandes áreas de conocimiento. Primero, la transición del Antiguo Régimen durante las primeras décadas del siglo XX; segundo, la preocupación por cómo se construye la historiografía —probablemente, aquí nos encontramos con el Fontana nítidamente marxista— así como la labor del historiador en trasmitirla a todos los públicos; junto con una desconocida capacidad de examinar su particular “corto siglo XX” como reflejó en sus obras publicadas por la editorial Pasado & Presente en estos últimos años. Sumado a un considerable número de contribuciones en prensa y entrevistas siempre repletas de lecturas sugerentes e inteligentes ante tanto costumbrismo intelectual.

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