El fujimorismo está herido de muerte luego de probar una cucharada de su propia medicina: la lucha contra la corrupción, la misma que enarboló como bandera para deshacerse de Pedro Kuczynski. Keiko, a diferencia de su padre –quien gobernó una década con la prensa a su favor-, perdió el beneplácito de los medios de comunicación quienes no dudaron en exponer los vínculos de la lideresa naranja con Odebrecht, la misma constructora brasileña vinculada al expresidente. Pero hubo más, el fujimorismo siguió fiel a su estilo de demostraciones grotescas de fuerza y eso anticipó su propio desgaste. Desde entonces, no ha dejado de caer en desgracia.
El fujimorismo viene acumulando derrotas, desde la lucha fratricida entre keikistas y albertistas (representados en Kenji) que despilfarró el capital político de la que supo ser la identidad política mayoritaria y –relativamente- estable en el tiempo. Durante el 2018 el accionar de Fuerza Popular (FP) no sólo exhibió un exceso de autoritarismo, sino que también protagonizó un espiral de escándalos condensados en material audiovisual, que evidenciaron la prestación de favores entre integrantes del Poder Judicial, funcionarios y políticos, especialmente los vinculados a la cúpula fujimorista. Y no ha cesado de caer.

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