Quizá no sea tan fácil apreciar desde el exterior lo más valioso que la elección de López Obrador nos ha regresado: la posibilidad de tener un futuro. Los largos meses que han transcurrido desde la elección hasta este 1 de diciembre en que López Obrador asume el poder han estado, por otra parte, repletos de mensajes ambiguos y contradictorios.
Andrés Manuel López Obrador es una afortunada incógnita para México. No es Hugo Chávez ni Evo Morales, no se parece demasiado a Inazio Lula da Silva ni le brota a flor de piel la esencia humanista de Pepe Mujica. No posee los rasgos más cuestionables del venezolano o del boliviano, pero tampoco algunas de las cualidades del brasileño o del uruguayo.

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