“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.
“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición…”.
¡Ja!
Hasta mis 25 años nunca sentí la necesidad de revisar mis derechos, de leer a conciencia la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUHH), ni de verificar que, efectivamente, todos somos iguales pese a ser diferentes y que, por eso mismo, tenemos los mismos derechos.
Nunca hasta entonces me sentí discriminada.
Pero ¿qué ocurrió cuando cumplí 25 años? ¿Qué cambió para que, de pronto, no hubiera hueco para mí en ese “todos tenemos los mismos derechos? Para responder a estas cuestiones haré un recorrido sobre cómo era antes y cómo soy ahora, a ver si entre todos conseguimos encontrar la diferencia.

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