Los gobiernos populares que dieron a luz la década ganada también contribuyeron, sin buscarlo, a engendrar el clima social que posibilitó la victoria de figuras como Jair Bolsonaro, Mauricio Macri y otros articuladores del odio. Los avances de la década ganada fueron importantes. Las políticas sociales que aplicaron los gobiernos progresistas fueron revoluciones dentro del sistema, dentro del capitalismo. Se hicieron cambios redistributivos, necesarios en la región más desigual del planeta, cambios en el alcance de los derechos humanos, indispensables por la tradición autoritaria de la región y cambios desarrollistas, requeridos para revertir el atraso productivo. Pero, en general, no hubo un desafío al capital. Fue una época de orden y estabilidad después de mucho tiempo de incertidumbre y desorden neoliberal en el plano político y económico.
A todas luces, no hay correspondencia entre el carácter de las políticas implementadas y el odio engendrado. A simple vista, las transformaciones realizadas no justifican el crecimiento del odio que hoy asola la región y cunde en votos conservadores y antiprogresistas.
El avance electoral de quienes representan fuerzas conservadoras y neoliberales es un fenómeno multicausal. Sabemos que la democracia es una institución muy frágil, indefensa; frente a la información sesgada de medios que comunican a favor de sus intereses; frente a la manipulación en las redes sociales; frente a la moral de “candidatos Pinocho” que saben que no tendrán que rendir cuentas por sus promesas; y frente al apoyo de algún culto religioso para promover un candidato o del Poder Judicial para proscribirlo. Estas y otras razones inciden en la explicación del deterioro de la democracia liberal como instrumento de representación de las mayorías y se hallan detrás del triunfo electoral de Mario Abdo, Macri y Bolsonaro, y de la permanencia de Lenín Moreno en el cargo.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada